CINE CLÁSICO. Crónica de «El gatopardo»

Oct 17, 2026

El 16 de octubre de 2026 celebramos la sesión número 50 del ciclo de Cine Clásico con la estupenda película, “El gatopardo” (1963), dirigida por Luchino Visconti a partir de la gran novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, una de las que mejor ha sabido representar el esplendor de un mundo que desaparece.

Como siempre contamos con la presencia de Mª Eugenia Guzmán, cinéfila y crítica especializada en cine clásico, y Javier López Otaola, miembro de la Junta Directiva de Cines Zoco.

Ambientada en Sicilia en 1860, durante el proceso de unificación italiana, la película relata el progresivo declive de la aristocrática familia Salina mientras las tropas de Garibaldi desembarcan en la isla y el viejo orden comienza aparentemente a derrumbarse.

Como señaló Mª Eugenia, Visconti utiliza el Risorgimento para reflexionar sobre el paso del tiempo, la decadencia, la muerte y la extraordinaria capacidad de las clases dominantes para adaptarse a los cambios y conservar su poder.

El gran protagonista de la historia es Don Fabrizio Corbera, príncipe de Salina, interpretado magistralmente por Burt Lancaster Lancaster, quien ofrece una interpretación extraordinaria, construida a partir de miradas, silencios y pequeños gestos. Don Fabrizio pertenece a una aristocracia que ha gobernado Sicilia durante generaciones, pero comprende con enorme lucidez que su mundo está llegando a su fin. Mientras otros miembros de su clase intentan ignorar las transformaciones políticas, él observa los acontecimientos con una mezcla de inteligencia, melancolía y resignación. Sabe que la revolución de Garibaldi modificará las estructuras políticas, pero sospecha también que, bajo la apariencia del cambio, muchas cosas permanecerán exactamente igual.

Esta idea queda sintetizada en la célebre reflexión de su sobrino Tancredi: «Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie». La frase contiene buena parte del sentido político de “El gatopardo”. Tancredi comprende que para conservar su posición privilegiada es necesario incorporarse al nuevo orden. Por eso se une inicialmente a los garibaldinos y posteriormente se integra en el ejército del nuevo Estado italiano. Tancredi no es realmente un revolucionario: es un extraordinario superviviente.

Pero como indicó Javier, la revolución política no supone necesariamente una transformación social. La aristocracia pierde parte de su poder, pero una nueva burguesía enriquecida comienza inmediatamente a ocupar su lugar. Esta nueva clase está representada por Don Calogero Sedara, alcalde de Donnafugata, un hombre de origen humilde que ha acumulado una importante fortuna y aspira ahora al reconocimiento social. Frente al refinamiento de los Salina, Don Calogero aparece como un personaje vulgar y provinciano, pero posee aquello que la aristocracia empieza a perder: dinero, ambición y futuro.

La unión entre ambos mundos se materializa a través de Tancredi y Angelica, la bellísima hija de Don Calogero. Tancredi aporta apellido, educación y prestigio aristocrático; Angelica aporta juventud, belleza y, sobre todo, dinero. Su relación sentimental es también una alianza entre dos clases sociales. El príncipe comprende que la sociedad a la que pertenece está agotada y acepta incluso la unión de ambos porque sabe que la supervivencia de su familia exige establecer una alianza con la nueva burguesía.

Alain Delon encarna magníficamente a Tancredi, dotándolo de encanto, oportunismo y frivolidad. Claudia Cardinale, por su parte, convierte a Angelica en una presencia deslumbrante. Su famosa entrada en casa de los Salina constituye uno de los grandes momentos de la película. Su célebre carcajada durante la cena rompe violentamente con las rígidas convenciones aristocráticas, pero Angelica aprenderá rápidamente a desenvolverse en ese mundo. Como Tancredi, pertenece al futuro.

Frente a ellos encontramos a Concetta, hija del príncipe y enamorada de Tancredi. Su derrota sentimental tiene también una dimensión histórica: representa aquello que ya no puede continuar. Su amor pertenece al mundo cerrado de la antigua aristocracia, mientras que el matrimonio entre Tancredi y Angelica responde a las necesidades de los nuevos tiempos.

Y es que, como indicó Mª Eugenia, es difícil comprender plenamente “El gatopardo” sin tener en cuenta la biografía del propio director. Luchino Visconti nació en Milán en 1906 en el seno de una de las grandes familias aristocráticas italianas. Creció rodeado de palacios, obras de arte, música, criados y grandes reuniones sociales. Conocía perfectamente los códigos y rituales de la clase social que retrata en la película. Esto ayuda a explicar la extraordinaria autenticidad con la que filma los ambientes aristocráticos. Visconti no necesitaba imaginar completamente aquel universo: lo conocía desde dentro. Su obsesión por los muebles, vestidos, vajillas, lámparas y gestos sociales no responde únicamente a un afán de reconstrucción histórica. En cierto sentido estaba recreando cinematográficamente el mundo en el que él mismo había crecido.

La espléndida fotografía de Giuseppe Rotunno dota de colores cálidos y luminosos de los exteriores sicilianos que contrastan con los interiores aristocráticos, dominados por una belleza progresivamente crepuscular. También resulta fundamental la música de Nino Rota, cuya partitura acompaña el tono elegíaco de la película: todo parece transmitir la conciencia de que aquello que contemplamos terminará desapareciendo.

La película contiene numerosas secuencias memorables que conducen hacia su extraordinaria secuencia final, el baile en el palacio Ponteleone.

Para Mª Eugenia, Visconti convierte el larguísimo baile aristocrático en un gigantesco fresco sobre una clase social que se divierte sin querer admitir que está asistiendo a su propio funeral. Los salones están llenos de luz, música, vestidos, joyas y uniformes. Las parejas bailan, conversan y flirtean. Aparentemente aquel mundo conserva intacto su esplendor. Pero Don Fabrizio contempla la fiesta de otra manera, recorriendo los salones como alguien que contempla por última vez un mundo al que todavía pertenece pero que ya siente distante. Y Visconti parece contemplar ese mundo a través de los ojos del príncipe.

Entonces llega el vals entre Don Fabrizio y Angelica. La joven que representa el futuro invita a bailar al hombre que representa el pasado. Durante unos minutos ambos mundos parecen reconciliarse. La juventud y belleza de Angelica y la dignidad crepuscular del príncipe concentran todas las miradas. Es posiblemente el último gran momento de Don Fabrizio. Pero cuando termina el baile también termina simbólicamente su época.

La película, que obtuvo la Palma de Oro en Cannes en 1963, puede considerarse una obra profundamente personal porque dramatiza una de las grandes contradicciones de la identidad de Visconti: ser heredero de una clase social cuya desaparición podía considerar históricamente necesaria y mantener, al mismo tiempo, una profunda vinculación emocional y estética con el mundo que aquella clase representaba.

Como señaló Javier, a partir de “El gatopardo” la decadencia se convirtió en uno de los temas recurrentes en la filmografía de Visconti, con obras como “La caída de los dioses”, “Muerte en Venecia”, “Ludwig” y “Confidencias”, en las que retrata con maestría la dificultad de adaptación a los nuevos tiempos.

Texto: Javier López Otaola, miembro de la Junta Directiva de Cines Zoco

Fotos: Jesús Escudero, responsable de Eventos en Cines Zoco

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