CICLO CLÁSICO. Crónica de «Veredicto final» (1982) de Sidney Lumet

Sep 8, 2023

El viernes 22 de septiembre de 2023 proyectamos una película que la crítica considera entre las mejores sobre temática judicial, “Veredicto final» (1982), del director Sidney Lumet. En ella además, nos encontramos con un Paul Newman que lleva a cabo una de las interpretaciones más redondas de su carrera.

Para la presentación y posterior coloquio contamos con la presencia de Mª Eugenia Guzmán, cinéfila y crítica especializada en cine clásico, y Javier López Otaola, miembro de la Junta Directiva de Cines Zoco.

Sidney Lumet y David Mamet, director y guionista de Veredicto final eran creadores muy inteligentes, capaces de elevar lo que podría haber sido una historia más de abogados y hacer de ella una película sustancial e imperecedera sobre el anhelo de redención de un hombre acabado que quiere recuperar su dignidad perdida. Nos ayudaron además a entender que parte de nuestro proceso de crecimiento personal radica en aceptar que la vida no es justa pero que, sin embargo, tenemos la responsabilidad individual y colectiva de luchar por que lo sea.

Frank Galvin (Paul Newman) es un abogado alcohólico, que ha caído tan bajo, que visita los velatorios de los fallecidos por posibles negligencias médicas, para intentar captar como clientes a sus familias. Lumet fotografió la película en colores otoñales (rojizos, ocres…) para reforzar la idea de que estamos ante un personaje caduco. La oportunidad de salvación aparece en forma de un caso contra dos prestigiosos médicos que han dejado en coma a una mujer en la mesa de operaciones. En principio, el plan de Galvin es negociar una buena indemnización y cobrar así rápidamente sus honorarios. Sin embargo, toma conciencia de que la enferma merece que se haga justicia y resuelve ir a pleito. El momento de su revelación es una escena muda, que se basa por completo en la elocuente mirada y en los gestos del protagonista.

Desgraciadamente, Galvin tiene todo en contra, ya que como profesional está oxidado y sus contrincantes son un grupo de abogados de un reconocido despacho, liderado por el turbio James Mason, quien no duda en comprar testigos y en espiar, con tal de ganar el caso. A esto se suma la parcialidad del juez corrupto que lleva el asunto, interpretado por un Milo O’Shea adecuadamente repugnante, al que un atribulado Galvin le espeta desesperado: «Cada vez que usted habla, pierde el caso por mí».

Los realizadores cinematográficos que, como Lumet, proceden del teatro suelen admitir que el alma de la película está en el guión y respetar por ello más intensamente el trabajo de los autores de talla. Lumet reconoció siempre el mérito de Mamet, quien construyó un texto de solidísima estructura y gran profundidad dramática. Trama principal y subtramas van desplegándose y entrelazándose hasta converger y unas escenas nos van proporcionando sutiles anticipos sobre lo que va a acontecer en otras, incrementando la tensión emocional hasta dejarnos casi sin aliento.

Lumet acentuó nuestra sensación de ver a David enfrentándose a Goliat a través de los decorados.

Cada vez que Galvin sale de su modesto entorno –su apartamento, su pequeño despacho, su bar– le percibimos desamparado dentro de las suntuosas y amplias instalaciones del palacio de justicia u otros elegantes ámbitos en que se encuentra con sus oponentes.

El director quiso en principio contar con Robert Redford como protagonista, pero éste exigía que el guión fuera modificado de arriba abajo porque no quería dar vida a un perdedor inicialmente tan miserable. Afortunadamente, Sidney le descartó y optó por elegir a Paul Newman, un intérprete con los ojos llenos de alma y complejidad. Encarnar a este personaje requería poder transmitir un sinfín de emociones, como flotar insensibilizado en la autoindulgencia, hundirse en el profundo sufrimiento que genera el desprecio por uno mismo o aferrarse desesperado a la última oportunidad («No hay otros casos. Este es el caso», repite una y otra vez Galvin en una desgarradora escena).

Uno de los elementos que da un sesgo atípico al relato, si lo comparamos con la clásica historia del protagonista que se enfrenta a un contrincante más fuerte, es que Galvin no es valiente ante la adversidad, sino que se va ahogando en su miedo, por lo que su lucha resulta agónica. Casi nos duele físicamente contemplarle crepitando de creciente nerviosismo en el encadenamiento de secuencias desde que desaparece su testigo hasta que intenta torpemente cerrar el pacto que rechazó días atrás. Newman debió descender a su propio infierno interior para mostrar a un hombre tan vulnerable y lo hizo porque, cuando Lumet se lo pidió, quiso darle lo que era necesario para que la película desplegara todo su potencial, por mucho que el proceso le hiciera sufrir. Que no le dieran el Oscar a la mejor interpretación es una de las mayores injusticias de la Academia.

James Mason, intérprete inglés de enorme talento, estuvo sensacionalmente perverso como el podrido adversario. ¿No les parece que la corrupción impacta más cuando está envuelta en distinción y flema británicas? Charlotte Rampling es una actriz cuyos ojos gatunos están llenos de misterio, lo que le fue como un guante a su ambiguo personaje, la amante de Galvin.

También estuvo estupendo Jack Warden como el leal amigo que se pasa la película sudando de consternación ante las limitaciones y la mala suerte del protagonista.

Con todo el respeto para técnicos y secundarios y pese a una mención muy especial para Mamet, esta película es antes que nada fruto del esfuerzo de Lumet y Newman, Newman y Lumet, tanto monta, monta tanto. Dos artistas que con los años ganaron en sabiduría, humanidad y profundidad.

Madurez, divino tesoro…

Texto: Mª Eugenia Guzmán, crítica de cine – texto publicado en El Correo de Andalucía (14/01/2015)

Fotos: Ana Ferro, socia colaboradora

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