CINE CLÁSICO. Crónica de «La loba» (1941) de William Wyler

Ene 21, 2024

El 19 de enero estrenamos el año con una de las películas más ácidas y corrosivas que se hayan filmado, “La loba” (1941), del director William Wyler. Una obra realizada en la cumbre de la carrera del director y su estrella favorita, Bette Davis, que obtuvo un gran éxito de público y crítica, pero que sorprendentemente no se vió recompensada con ningún Oscar, a pesar de tener nueve nominaciones.

Para la presentación y posterior coloquio contamos con la presencia de Mª Eugenia Guzmán, cinéfila y crítica especializada en cine clásico, y Javier López Otaola, miembro de la Junta Directiva de Cines Zoco.

Como destacó en la presentación Javier, el título en inglés The little foxes es más representativo ya que pone de manifiesto que estamos ante un grupo de “alimañas”, el formado por el clan Hubbard, que se comportan como auténticos depredadores sin escrúpulos, llevados por la codicia. Mientras que el título de “La loba” hace referencia a Regina, el personaje frio y duro sobre el que gira toda la trama.

Mª Eugenia nos comentó que la película es una adaptación que realizó Lillian Hellman sobre su propio y exitoso drama teatral “The little foxes”, ambientado en el Sur de Estados Unidos en 1.900 e inspirado en sus recuerdos sobre algunos de sus avaros familiares de Nueva Orleans. Los hermanos Hubbard, Ben, Oscar y Regina (Bette Davis), son propietarios burgueses a los que sólo mueve el afán de dinero, pasando por encima de una decadente aristocracia sureña y explotando a sus trabajadores de color. El hijo de Oscar, Leo, está hecho de la misma madera, pero carece de la astucia de sus mayores. No todos en la familia son verdugos. Birdie, la mujer de Oscar, es víctima de maltrato y Horace, el enfermo marido de Regina, padece su menosprecio. Alexandra, la hija de ambos, pese a tener el germen del arrogante desdén de su madre, se beneficia del afecto y principios que le transmiten su progenitor, su tía y la maternal empleada que le crio.

El gran productor Samuel Goldwyn compró los derechos de la obra teatral y eligió para llevar al cine la historia a William Wyler, uno de sus directores favoritos. Además de respetar la férrea estructura y los brillantes diálogos del guión elaborado por Hellman, el director otorgó a la obra una dimensión esencialmente cinematográfica, a través de la puesta en escena y la fotografía. Centró numerosas secuencias alrededor de la sinuosa escalera, que conduce desde los suntuosos salones a los dormitorios y que es un símbolo de la posición dominante de la protagonista, muchas veces elevada en lo más alto.

Wyler contó con uno de sus colaboradores habituales, Gregg Toland, uno de los mejores directores de fotografía que ha dado el cine, con el que colaboró en siete películas. Fueron los grandes dominadores de la profundidad de campo, gracias a la cual podían incluir a varios personajes simultáneamente en el encuadre, captando con nitidez sus acciones y reacciones. Además, se conseguía una gran fluidez narrativa al prescindir del recurso habitual al primer plano y contraplano, y cuando los utilizaban puntualmente, obtenían un mayor efecto dramático. Pero poner en práctica todo eso no estaba exento de dificultad porque exigía tener todo el set muy bien iluminado, el atrezzo y los actores bien dispuestos en el encuadre y además estos se veían obligados a interpretar las escenas en tomas mucho más largas de lo habitual.

Los estudiantes de cine repasan una y otra vez dos escenas. En una de ellas, Oscar y Leo se afeitan frente a dos espejos, mientras mantienen una conversación inicialmente intrascendente, que deriva en un plan de robo. El espectador se debate entre atender al inquietante diálogo o mirar hipnotizado el hábil juego de espejos que multiplica las imágenes y que parece simbolizar la doblez de los personajes. En la segunda escena, Regina descarga su crueldad sobre Horace, hasta el punto de provocarle un ataque al corazón. Él le suplica que le baje su medicina, pero incrédulo contempla cómo ella permanece inmutable, sin importarle que vaya a morir. La cámara permanece fija en la imagen impasible de la Davis, que desprende maldad en estado puro, mientras que al fondo se atisba a Horace, en una imagen desenfocada, arrastrándose por las escaleras. Aparte de su valor técnico, este momento ocupa un lugar muy alto entre los más estremecedores de la historia del cine.

Como señalaron Mª Eugenia y Javier, el rodaje fue muy complicado, sobre todo por las grandes diferencias entre Wyler y Davis, quienes habían colaborado anteriormente en otras dos exitosas películas y mantenido una relación amorosa estando él casado. Pero durante este rodaje ya sólo veían los defectos del otro. Davis sufría el agotador perfeccionismo de Wyler, quien no era elocuente en expresar lo que quería, sólo sabia reconocerlo instantáneamente cuando surgía, lo que le llevaba a realizar toma tras toma hasta encontrarlo. Por su parte, el director no podía doblegar la testarudez de la estrella. Él hubiera querido una interpretación más sutil que permitiera comprender al espectador cómo Horace pudo enamorarse de semejante mujer. Esto requería recubrir bajo un barniz de seducción y encanto propios de las sureñas la maldad de Regina. Davis se empecinó sin embargo en recrear un personaje desagradable y palpablemente endemoniado. Además, la actriz de 33 años se empeñó en blanquearse la cara con calcimina para aparentar ser mayor y dar credibilidad a su papel de madre de Alexandra, en contra de la opinión del director que consideraba que parecía un payaso. Se salió con la suya y, aunque la actuación no fuera un monumento al matiz, el resultado valió la pena porque Bette era única. ¿Cómo no dejarse arrastrar por su presencia magnética, su mirada ofensiva, su mohín despectivo, sus impetuosos andares y el zarpazo de su voz?

El reparto fue prácticamente el mismo que el que representó la obra en Broadway, a excepción de Bette Davis, Herbert Marshall (Horace), Teresa Wright (Alexandra) y Richard Carlson (David). Todos están esplendidos. Herbert Marshall transmitió equilibradamente la decencia de Horace y su desazón ante la conducta de los Hubbard. Teresa Wright, como Alexandra, atinó en el arco interpretativo que requería retratar la maduración de una joven inocente, que se va desprendiendo de su escudo de negación, para enfrentarse a la cruel evidencia de ser hija de una desalmada. Dan Duryea bordó el papel de Leo, el mezquino patán, hasta el punto de que uno no puede evitar preguntarse si fingía.

Una de las escenas que más emocionó al público fue la de la confesión de la tía Birdie (una excelente Patricia Collinge, que fue nominada al Oscar a la mejor actriz de reparto), un personaje desgraciado que está vencido y abandonado en el alcohol, pero que tiene el valor de confesar su desgracia con el propósito de que su adorada sobrina no caiga en las mismas redes que la tienen atrapada a ella. El semblante de Marshall durante la escena es impagable.

Como dato anecdótico Javier comentó que la película se estrenó en el Radio City Music Hall de Nueva York con una asistencia de 22.163 espectadores, batiendo el record de su época.

Al finalizar el coloquio hubo unanimidad en considerar una maravilla tanto la película como la actuación de Bette Davis. Como muchos espectadores comentaban, ¡Cuanto tiene que aprender el cine actual de las grandes películas de la época dorada de Hollywood!

Texto: Mª Eugenia Guzmán (crítica de cine) y Javier López Otaola (miembro de la Junta Directiva de Cines Zoco)

Fotos: Estrella urzaiz, socia colaboradora

 

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